Hacer el amor

Jean-Philippe Toussant. Faire l’amour. Minuit. 2002/2009.

[28-29]

Era tarde, puede que más de las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación atravesada por largos destellos rojos y sombras negras que dejaban en los muros los trazos efímeros de su paso. El rostro de Marie, inclinado en la penumbra con los cabellos entre las sábanas deshechas, su albornoz y su ropa al rededor nuestro, huía de la cópula en la esquina de la almohada, los labios cerrados y fijos en esa terrible expresión de angustia grave y muda que ya conocía. Desnuda sobre mis brazos, caliente y frágil sobre la cama de esa habitación del ático del hotel en la que pasaban fugaces filamentos de neón rojo, la escuché gemir en la oscuridad a la vez que me movía en ella. Pero apenas si sentía sus manos en mi cuerpo, sus brazos aferrados a mi torso. No, era como si evitara cuidadosamente todo contacto con mi piel, todo rozamiento inútil, toda unión entre nuestros cuerpos que no fuera sexual. Pues sólo su sexo parecía participar de nuestra cópula, su sexo caliente que yo había penetrado y que se movía de manera casi autónoma, áspera, hosca, ávida, mientras que ella apretaba las piernas para encerrar mi verga en el cerco de sus muslos y se frotaba perdidamente contra mi pubis a la búsqueda de un goce que yo la sentía cerca de alcanzar de forma cada vez más agresiva. Sentía que ella se servía de mi cuerpo para masturbarse, que ella frotaba su angustia contra mi cuerpo para perderse en la búsqueda de un goce tóxico, incandescente y solitario, doloroso como una larga quemadura y trágico como el fuego de la ruptura que estábamos a punto de consumar. Y eso era exactamente lo que ella a su vez debía de sentir, pues yo mismo, desde que nuestro encuentro se había convertido esa lucha de dos goces paralelos, ya no convergentes sino opuestos, antagonistas, como si nos disputáramos el placer en vez de compartirlo, había terminado por concentrarme como ella en una búsqueda de un goce puramente onanista. Y, a medida que la cópula continuaba y el placer crecía en nosotros como ácido, sentí crecer la terrible violencia subyacente a ese acto.

[72-75]

Marie, dando un grito ahogado, se precipitó a mí temblando.

Dimos algunos pasos, aturdidos, la ropa húmeda, nuestras pantuflas torcidas y las medias de lana blanca haciendo juego. Encontramos refugio en un arco del puente, una suerte de nicho redondo que conducía a una escalera de emergencia metálica que descendía abrupta sobre las vías del tren. Marie lloraba. Lloraba contra mí, llena de sollozos, se estrujaba con todas sus fuerzas en mis brazos, las extremidades trémulas, húmeda de lágrimas y de nieve. El miedo extremo que había sentido, la fatiga, el agotamiento, la exacerbación de todos sus sentidos desde el inicio de la noche se tradujo ahora en una necesidad irreprimible de consuelo, una ardiente ansia de unión de cuerpos y de abandono. Marie, en mis brazos, en lágrimas, el vestido húmedo, el pelo goteando, acercó sus labios muy cerca de mi boca y me preguntó por qué yo no quería besarla y, tomándola en mis brazos, le respondí en voz baja, acariciándole la espalda y meciéndole el cabello, que yo no había dicho que no quería besarla, que yo nunca había dicho tal cosa. Pero no la besé, no me incliné a hacia ella para besarla, acariciarla, calmarla e impedir que llorara. Fue la misma pregunta y la misma respuesta, exactamente la misma conversación que tuvimos unas horas antes en el hotel, y fue con la misma vehemencia, la misma angustia en la voz, que ella exclamó de nuevo levantando su mirada: ¿por qué no me besas? Y yo no respondí, no sabía qué responder. Me acordaba bien de la respuesta que le había dado entonces, pero ahora no podía decirle que no quería ni besarla ni no besarla después del momento dramático que habíamos vivido, ella hubiera saltado, se hubiera rebelado, me hubiera golpeado, me hubiera arañado la cara. En la angustia que la había lanzado a mis brazos, era el calor de mi cuerpo lo que buscaba, no mi ingenio, no mis palabras o mis razonamientos, lo que ella quería era un arrebato del corazón, el arrebato de mis manos y de mi lengua, de mis brazos sobre su espalda, mi cuerpo contra el suyo. ¿Acaso no lo había comprendido? Dios sabe cuánto quise besarla en ese momento (y sobre todo en ese memento que nos separábamos para siempre más que la primera vez que la había besado). Comprendí entonces, mientras ella me estrujaba con más fuerza, que el deseo carnal seguía insaciable después de la cópula de esa noche, nuestra cópula incompleta de esa noche, interrumpida, inacabada, tenía ahora necesidad de una válvula de escape para poder liberar la tensión que ella había acumulado. Le hacía falta, para relajar su cuerpo y calmar sus nervios, gozar, gozar inmediatamente, y tuve entonces el sentimiento de que la mujer que tenía en mis brazos era una desconocida que se pegaba a mí húmeda de deseo y de lágrimas, sus caderas se enroscaban en mi vientre con la determinación malsana de la búsqueda del goce. La violencia de su deseo me daba miedo, la sentía buscar mi boca jadeando en mi oído, un suspiro corto, gimiendo como si hiciéramos el amor entre la gente que seguía pasando a nuestro lado en el puente. La tierra acababa de temblar e, indiferente a los transeúntes, Marie se pegaba a mí frotando lascivamente su sexo contra mi muslo, levantándome apasionada la camiseta para estrujarme el vientre y empujarme contra la baranda. Después tomó mi mano y la guio a su vestido, la hizo subir a lo largo de sus muslos y sentí entonces el contacto febril de su carne desnuda, sentí, en ese cuerpo frío y mojado de nieve que se pegaba a mí trémulo, el contacto increíblemente cálido de su muslo y la proximidad ardiente de su sexo mojado de deseo. Hundí la mano en su tanga y sentí ahora en mis dedos la dulzura húmeda y eléctrica del interior de su sexo que se contraía sobre mi tacto. El día se elevaba y ahora yo así mismo la deseaba con fuerza, me pegué a ella en la claridad del día naciente, le acaricié el sexo, amasé sus nalgas. El día se levantaba sobre Tokyo y le hundí un dedo en el ojo del ano.

[134-136]

No respondí, permanecí inmóvil en la cabina, pero imaginé muy bien a Marie desnuda bajo las sábanas en aquella habitación de hotel sobre caldeada que debía de apestar a las flores secas con las que la habían cubierto al llegar, algunas aún sin salir del empaque, puestas aquí y allá, abandonadas sobre las sillas y sobre el suelo, y el suntuoso buqué de orquídeas que había encontrado en la habitación y en donde había buscado de inmediato la tarjeta de vista para leer el nombre de Yamada Kenji (que ella había maldecido inmediatamente doblando la tarjeta con un pellizco sádico para así castigarlo por no habernos recogido en el aeropuerto). El agua ahora debía de estar podrida en el florero, las orquídeas marchitas y secas, las miles de pequeñas semillas púrpura y violeta caídas a granel sobre la alfombra formando un fino tamiz de partículas minúsculas que envolvían a Marie en una nube efímera de polvo cada vez que ella ponía los pies en el suelo.

Continué callado en la cabina y Marie me explicaba que su habitación de hotel estaba tan caliente como helada y que había renunciado, después de un tiempo, a comprender aquel termostato imprevisible que regulaba la temperatura de la pieza, y que ella se vestía o se desvestía a conveniencia de sus caprichos y de su malfuncionamiento. Dijo además que cierta noche se había despertado tiritando en la habitación, la calefacción dañada e irreparable, y que ella abrió todas las cómodas para sacar cobijas y edredones que botaba en desorden sobre la cama, pues se congelaba en la habitación a las tres de la mañana, y que tuvo que ponerse un suéter, una bufanda y medias antes de volver a acostarse. Y que en otros momentos la habitación parecía un baño turco y se veía obligada a desvestirse no más entrar, desabotonarse la camisa antes incluso de poner sus objetos personales en la mesa, tomar una ducha y caminar descalza sobre la alfombra con el albornoz blanco y acolchado zurcido con el emblema del hotel, el pecho de nuevo reluciente de sudor, las piernas y las axilas mojadas en el aire caliente y cargado de humedad, la ventana aún bloqueada, y no pudiendo soportar el calor terminaba quitándose también el albornoz para estar completamente desnuda en la habitación dando vueltas como una loca en la atmosfera saturada de ese olor de flores secas y orquídeas marchitas. Se acercaba a la ventana chupando un cigarrillo cuya extremidad incandescente resplandecía en la penumbra y se quedaba quieta mirando las luces de neón que parpadeaban en la noche. Desnuda frente a la gran ventana del decimosexto piso del hotel, su cuerpo y su piel desnuda atravesados por intermitentes destellos rojos y reflejos eléctricos, releía el fax que yo le había enviado y se sentaba en la mesa para comenzar una carta, escribía frente a la gran ventana que dominaba la ciudad, me escribía unas palabras en una hoja blanca con el membrete del hotel, me escribía una carta de amor.

Yo te he escrito una carta, mi amor, me dijo ella.

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